El arte de comprar menos y elegir mejor
Durante mucho tiempo confundimos tener opciones con tener estilo.
Un placard lleno parecía representar abundancia.
Más camisas.
Más zapatos.
Más sweaters.
Más perfumes.
Más objetos.
Siempre algo nuevo.

Sin embargo, llega un momento en el que descubrimos una paradoja: podemos tener muchísimo y seguir sintiendo que no tenemos nada que ponernos.
Quizás el problema nunca fue la cantidad.
Quizás simplemente compramos demasiado y elegimos demasiado poco.
Aprender a comprar mejor no significa renunciar al placer de comprar.
Significa recuperar algo que muchas veces perdimos en el camino: el criterio.
Comprar debería empezar mucho antes de entrar a una tienda
La mayoría de las malas compras tienen algo en común: ocurren sin demasiada reflexión.
Vemos algo.
Nos gusta.
Lo probamos.
Imaginamos una ocasión perfecta para utilizarlo.
Y compramos.
Semanas después descubrimos que esa ocasión nunca llega.
La prenda sigue colgada con su etiqueta mientras volvemos a utilizar las mismas cosas de siempre.

Comprar bien requiere conocernos.
Cómo vivimos.
Dónde trabajamos.
Qué hacemos los fines de semana.
Qué colores utilizamos.
Qué prendas realmente necesitamos.
Nuestro guardarropa debería responder a nuestra vida real, no a una versión imaginaria de ella.
La pregunta de las cinco combinaciones
Existe un ejercicio muy sencillo que puede evitar muchas compras innecesarias.
Antes de llevar una prenda, intentemos imaginar cinco maneras diferentes de combinarla con cosas que ya tenemos.
No con cosas que podríamos comprar.
Con aquello que ya está en nuestro placard.
Si resulta sencillo encontrar esas combinaciones, probablemente la prenda tenga sentido.
Si necesitamos comprar además un pantalón, otros zapatos y una camisa para poder utilizarla, quizás no estemos comprando una prenda.
Estamos iniciando una cadena de compras.
Precio y valor no son lo mismo
Una de las grandes confusiones del consumo está en creer que lo caro siempre es bueno y que lo económico necesariamente es malo.
No funciona así.
Una prenda tiene valor cuando la utilizamos.

Un abrigo costoso que usamos durante diez inviernos puede resultar una compra mucho más inteligente que varias prendas económicas que abandonamos después de una temporada.
Por eso conviene empezar a pensar en algo mucho más interesante que el precio: el costo por uso.
Una prenda de calidad, versátil y duradera puede acompañarnos cientos de veces.
Ahí aparece su verdadero valor.
Aprender a reconocer la calidad
Comprar menos nos permite mirar mejor.
La tela.
Las costuras.
Los botones.
Los cierres.
El forro.
La caída.
La terminación interior.
La composición.
No hace falta convertirse en experto textil.
Con el tiempo, simplemente empezamos a desarrollar sensibilidad.
Tocamos una prenda y entendemos si tiene sustancia.
Observamos una costura y notamos si está bien realizada.
Nos probamos una chaqueta y percibimos cómo cae.
La calidad deja señales.
Hay que aprender a buscarlas.
Construir primero una buena base
Antes de incorporar piezas llamativas conviene asegurarnos de tener aquello que realmente sostiene nuestro guardarropa.
Una buena camisa blanca.
Un pantalón bien cortado.
Un jean que nos quede extraordinariamente bien.
Un sweater sencillo.
Una chaqueta versátil.
Un buen abrigo.
Zapatos que podamos utilizar en diferentes situaciones.
No existe una lista universal.
Cada hombre necesita una base diferente porque cada hombre vive de manera diferente.
Pero el principio es el mismo: primero construir estructura; después agregar personalidad.
No comprar solamente porque está en oferta
Pocas frases resultan tan caras como:
“Por este precio, me lo llevo”.
Una rebaja puede convertir una buena compra en una compra excelente.
Pero nunca debería convertir algo que no necesitamos en algo necesario.
Si una prenda cuesta la mitad pero jamás la utilizamos, no ahorramos un cincuenta por ciento.
Gastamos el cien por ciento.
Las promociones tienen una capacidad extraordinaria para hacernos pensar en cuánto estamos ahorrando en lugar de preguntarnos cuánto estamos gastando.
La pregunta debería seguir siendo la misma:
¿Lo compraría si no estuviera rebajado?
Dejar pasar también es una decisión
No todo aquello que nos gusta necesita pertenecernos.
Esta idea parece sencilla, pero cambia completamente nuestra relación con el consumo.
Podemos admirar un reloj sin comprarlo.
Probar un perfume sin llevarlo.
Entrar a una tienda, mirar una colección y salir con las manos vacías.
Existe cierto placer en aprender a apreciar las cosas sin sentir inmediatamente la necesidad de poseerlas.
El criterio también consiste en saber decir que no.
Cuidar lo que ya tenemos
A veces buscamos una nueva compra cuando lo que realmente necesitamos es volver a mirar aquello que ya poseemos.
Llevar una chaqueta al sastre.
Cambiar los botones de un abrigo.
Lustrar unos buenos zapatos.
Reparar una suela.
Quitar las pequeñas bolitas de un sweater.
Planchar correctamente una camisa.
Un objeto bien cuidado puede recuperar una presencia que creíamos perdida.
Comprar menos inevitablemente nos enseña a cuidar más.
Y cuando cuidamos las cosas, también empezamos a elegirlas de otra manera.
Esperar antes de comprar
El deseo tiene una característica interesante: muchas veces desaparece.
Algo que hoy parece absolutamente imprescindible puede resultarnos completamente indiferente una semana después.
Por eso, cuando una compra no es necesaria, esperar puede ser una herramienta extraordinaria.
Un día.
Una semana.
Incluso un mes cuando se trata de algo importante.
Si después de ese tiempo seguimos pensando en ello y sabemos exactamente cómo lo incorporaremos a nuestra vida, probablemente exista una buena razón para comprarlo.
Si lo olvidamos, acabamos de ahorrarnos una compra que tampoco necesitábamos.
Tener menos puede ofrecernos más posibilidades
Un guardarropa inteligente no necesita ser enorme.
Necesita funcionar.
Cuando las prendas fueron elegidas con criterio empiezan a relacionarse entre ellas.
La misma chaqueta funciona con un pantalón sastrero y con un jean.
El mismo sweater puede utilizarse solo o debajo de un abrigo.
Los mismos zapatos acompañan diferentes conjuntos.
Entonces ocurre algo curioso.
Reducimos la cantidad de prendas, pero aumentan las combinaciones.
Tenemos menos.
Y, sin embargo, sentimos que tenemos más.
Comprar también es una forma de votar
Cada compra dice algo sobre aquello que valoramos.
Durabilidad.
Diseño.
Artesanía.
Producción.
Historia.
Calidad.
O simplemente novedad.
No necesitamos convertir cada compra en una investigación interminable.
Pero sí podemos empezar a preguntarnos qué tipo de consumo queremos sostener.
Porque cuando dejamos de comprar impulsivamente, el dinero empieza a dirigirse hacia aquello que realmente consideramos valioso.
El verdadero lujo es poder elegir
Durante años nos enseñaron que el lujo consistía en acumular.
Quizás hoy podamos entenderlo de otra manera.
Lujo también puede ser abrir un placard donde todo nos gusta.
Tener pocos perfumes pero querer utilizar cualquiera de ellos.
Comprar un par de zapatos y cuidarlos durante años.
Esperar hasta encontrar exactamente aquello que buscábamos.
Entrar a una tienda y no sentir que necesitamos salir con algo.
Porque comprar menos no significa privarse.
Significa dejar de llenar espacios simplemente porque están vacíos.
Significa aprender a distinguir entre querer algo durante unos minutos y querer incorporarlo verdaderamente a nuestra vida.
Y cuando desarrollamos ese criterio, sucede algo inesperado.
Dejamos de preguntarnos cuánto podemos comprar y empezamos a preguntarnos cuánto valor puede aportar aquello que elegimos.
Ahí empieza una relación mucho más interesante con las cosas.
Y, probablemente, también con nosotros mismos.
Leonardo Díaz Echegaray Coach de Imagen - Experto en Moda Masculina. @diazechegaray
